Nuestra heroína parece haber descubierto a lo largo del acumulado de los años, estar afecta a una adicción espiral. Sin darse cuenta, se inmiscuye una y otra y otra y otra y otra vez en relaciones triangulares y estando en ellas se desplaza hacia las aristas y en espiral; es decir, haciendo entrar nuevas variables a las triangulaciones, de tal modo que se forman en su vida triángulos espirales.
A guisa de ejemplo; si nuestra protagonista ama a alguien, ese alguien ama a alguien más y con toda seguridad ese alguien más es alguien que la ama a ella, y de pronto alguien más ama al primer alguien y ese nuevo alguien los dispara hacia el nuevo triángulo donde alguien se cae del tablero y el nuevo lleva la mano. Entonces ella se desliza hacia una nueva arista de un nuevo triángulo que cae del anterior y eventualmente todos los personajes, salvo ella, cambian. En los triángulos, naturalmente, seguido participan extraños, gente evanescente que se va como el vino, pero que ocupa un vértice que aunque vacante es permanente.
A manera de experimento, una noche decidió destriangularse de una situación en la que participaba uno de sus más perseverantes compañeros de triangulación. Le llamó para decirle que sabía que existía una cosa triangular -primer paso para la curación es admitir la enfermedad y hacerlo manifiesto, y que era necesario detener la inercia. Él, acostumbrado a las triangulaciones en las que ambos han participado de forma regular durante largo tiempo, se sorprendió quizá al grado del enfado y no pudo reaccionar. Seguramente le pareció que el ánimo de la heroína era traidor a la patológica tradición que habían cimentado juntos con tanto dolor y esperanza. Nuestra heroína se aplaudió por su proeza y simultáneamente se armaba a sí misma otro triángulo aun más mordiente y peligroso.
Al darse cuenta de ello se asumió en su adicción y ahora contempla largamente sobre ello.



