Estoy absurdamente obsesionada con dos temas.Advierto que el primero vino a mi con el efecto de una bala de fragmentación.
No es la guerra, donde las partes se enajenan al beber sangre enemiga y sus miradas se trastornan. Todos han de volverse locos, odiar sin tregua, amar sin tregua, sufrir sin dolor, obedecer, dejar las trincheras y mutilarse, derramar, bramar de sed, bañarse en mierda, volar con pólvora, reír como el diablo y matar y matar para sus gobiernos. No, no soy un soldado. Los gobiernos no se merecen la sangre de los hombres y la guerra es un abyecto.
Es el crimen. El crimen es como una saga perversa; una debilidad. Somos seres para el deseo y la contención. Quitar, torturar, traficar, defraudar, abusar del débil, esclavizar, violar, corromper, lastimar, ofender, humillar para sí … son extenuaciones del carácter. Véase al Ejército. Me inquieta su humanidad, su inevitabilidad. Me inquieta.
Las cárceles. Hombres tirando a otros hombres a pudrirse en el destierro. La cárcel también es un crimen y un abyecto. Un crimen abyecto, más que cualquier otro. Los hombres no somos lo último que hacemos.


